Aquellas manos de la madre ausente, / blancas palomas, tibias de ternura, / que saben reducir mi calentura / sólo con reposar sobre mi frente.
¡Ay! qué lejos estoy del diligente / suave contacto que mitiga y cura / y, en estas largas noches de tortura, / cómo os llamé desesperadamente.
¡Milagroso cordial!... Manos amadas / que estoy, en mi ceguera, calumniando, / pues, aunque ahora no mullen mis almohadas
con celo maternal, mimoso y blando, / con que estén -¡y no hay duda!- entrelazadas, / pidiendo a Dios por mí, me estoy curando.
El día 4 de noviembre, poco antes de las diez de la mañana, murió mi madre, Pilar Enguita Gracia, tras más de dos años de enfermedad, una semana de agonía y muchas horas de espera inerte.
En su último atisbo de conciencia, al despertar y ver a su familia alrededor de la cama esbozó una sonrisa y balbuceó: "Sentaos". Y a la pregunta tonta pero inevitable: "¿Cómo estás?", respondió: "Bien"... y ya no pudo decir más. Esos tres gestos resumen su vida: cariño, dedicación a los demás y renuncia de sí misma.
Maltratada por la guerra civil, que truncó y marcó su vida desde niña, se abrió camino en la vida con mucho trabajo, pero sobre todo con la confianza que supo ganar alrededor, y fue esencial para que yo no errara el mío.
Mereció sin duda algo mejor, como tantas mujeres de esa generación, pero vivió una vida buena y murió en paz consigo misma y con los demás. Mil gracias por tanto como diste sin pedir nada. Descansa al fin.
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